martes, 10 de enero de 2012

Los Martes.

En todos los restaurantes hay clientela fija, en el nuestro son los Martes. ¿Quiénes son? no lo sé, solo sé que son esa clase de gente que les ha sonreído la fortuna, personas a las que les sobra el dinero, que derrochan sin parar y coleccionan Mercedes-Benz. Se dedican a comer por todos los restaurantes caros de la ciudad; y siempre quieren algo nuevo, desde Rape con Nécoras a Solomillo de Ternera albardado con Pedro Ximénez... La verdad es que, gente como la de los Martes, son la que te mantiene el local abierto y el bote en alza.
Por lo demás es la típica rutina del día a día: prepararse para que a la 13:30 empiece la batalla de todos los días. A parte de eso, hay algo que hoy precisamente me ha dejado algo sorprendido. Nunca había visto como el jefe de cocina se encara con el de sala... Supuestamente son amigos desde hace 21 años, pero el jefe de cocina, últimamente no está por la labor de estar con bromitas.
La disputa vino porque nos pidieron terminar una mesa y él no la cantó debido a que no oyó el termine de la mesa. Cuando salió el jefe de sala, enfervorecido por el retraso de la mesa, como si de un vicio de la cocina se tratase; yo  que en ese momento me encontraba cerca de la mesa caliente, me encontré de frente con los gritos provenientes de cada uno de los lados de la cocina. Esto supone un infortunio ya que lo único que estamos deseando es terminar rápido para volvernos a casa. Por un momento pensé que se iban a pegar, pero no lo hicieron.
¿Qué he sacado hoy en claro? Que mi sitio no es la mesa caliente; porque si lo fuera, me vería envuelto en una espiral de gritos y amenazas. Así que de mi partida, no me moverán, como si del barco de chanquete se tratase.

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