viernes, 6 de enero de 2012

Los Reyes y los 200 comensales.

Parecía que iba a ser un día normal de reyes, lleno de regalos y emoción pero no fue del todo así. La verdad es que la mañana se presentaba fría y nublada. Mientras conducía por la A2, vi algo que me hizo saber que el día de reyes iba a ser memorable, y no precisamente por los regalos...
Una vez en el restaurante todo era tranquilidad, poca gente desayunando, un absoluto silencio en la cocina… y lo mejor de todo, un café caliente me esperaba.
Arrancada la mañana fueron llegando los compañeros; el último sin duda alguna sería mi jefe de cocina, que llegaría entorno a las 10:30. A esa hora empezó toda la auténtica guerra, se acabó el silencio y la paz que nos rodeaba para empezar con los calores, el ruido y enfundarse el traje de gala para salir por la puerta del éxito… o la del fracaso.
Todo parecía ir viento en popa. Las 12:30 y la “mise en place” de forma perfecta. Tocaba comer, coger fuerza y pensar en lo que en apenas unas horas tocaba: correr, sudar y sobretodo actuar sin pensar en lo que te cantaría el jefe. En esos momentos funcionas por espasmos de forma que tu cerebro solo quiere una cosa: salir y dejar sentir el aire que lentamente te asfixia dentro de la cocina, mientras que tu corazón bombea a un ritmo desenfrenado.
Después de la lucha contra 200 comensales en menos de hora y media todo acaba, y lo menos que esperas es un comentario de ánimo como “lo hemos conseguido”, pero mi jefe de cocina sólo puede decirte que él en mi partida se hubiese tocado la p... Y qué queréis que os diga, esto sólo me da que pensar una cosa: o mis compañeros y yo somos unos flojos o ¿él tiene la fórmula mágica para salir de la mierda que te rodea en esos momentos? sea como sea, lo hicimos lo mejor que pudimos...

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